La ciudad deja una luz encendida
para quien dobla las sábanas del día.
En cada ventana limpia
amanece primero una mano.
Nadie oye el carro por el pasillo.
Solo el agua reconoce
el peso de otro nombre.
La ciudad deja una luz encendida
para quien dobla las sábanas del día.
En cada ventana limpia
amanece primero una mano.
Nadie oye el carro por el pasillo.
Solo el agua reconoce
el peso de otro nombre.